Hay recuerdos que no nos pertenecen y, sin embargo, nos marcan de un modo tan profundo que nos cambian por dentro. Recuerdos que no nacen de una experiencia directa, sino de una imagen proyectada en una pantalla de cine. El hecho de ocupar una butaca y dejar que las luces se apaguen es un acto de fe, un ritual que se inicia en el umbral de las imágenes sonoras. Y como todo creyente o como todo enamorado, el espectador se entrega sin garantías, pero con toda la atención puesta en lo que está a punto de revelarse. El cine tiene ese poder: el de instalar ficciones en nuestra biografía emocional.
En el verano de 1975, Steven Spielberg estrenó Tiburón y el mar dejó de ser el mismo. Aquel animal que apenas se dejaba ver despertó un miedo ancestral que se fijó en nuestra memoria futura, enseñándonos a temer aquello que ocurre bajo la superficie. Desde entonces, la orilla ya no es solo un lugar de descanso, sino también el borde mismo de lo incierto. El cine había hecho su trabajo: sembrar una ficción en la imaginación colectiva a través del temor a algo más grande y peligroso que nosotros. Todo comenzó en Martha’s Vineyard (Massachusetts, USA), pero para todos los que vieron la película, aquella isla se llamaba Amity.
Volver a la isla como fotógrafo no es un ejercicio de nostalgia ni una búsqueda de localizaciones, sino una forma de observar cómo una ficción se adhiere al paisaje. Se trata de mirar lo real atravesado por el recuerdo cinematográfico, de caminar por un territorio cargado de escenas que nunca sucedieron, pero que todos creemos haber visto. A medio siglo del estreno, esa geografía imaginada persiste. Está en los gestos, en los silencios, en la forma en que la luz cae sobre los porches o se refleja en el agua. La ficción no ha desaparecido: sigue ahí, superpuesta al mundo.
En el cine el tiempo es otro. Cada plano dura lo que dicta el montaje; por eso, las escenas avanzan al ritmo del relato, dejando atrás un sinfín de pequeños gestos vinculados a la emoción y la atmósfera. Pero la fotografía permite otra cosa: detenerse. Volver una y otra vez al mismo lugar, observarlo con distintas luces, registrando lo que sucede antes y después del encuadre cinematográfico. Explorar una escena que la película mostró apenas unos segundos y extenderla para convertirla en un territorio propio. Frente a la velocidad del cine, la fotografía propone una duración expandida, una mirada que no obedece al guion, sino a la experiencia. Esa es la clave de este proyecto: iniciar un viaje a partir de nuestros recuerdos, no para repetir la película, sino para ampliarla.
La isla encierra dos versiones de sí misma. Una es tangible y está hecha de casas con porches de madera, muelles que crujen al pisarlos, barcos pesqueros, playas desiertas, un faro encendido en mitad de la noche y el olor a salitre impregnándolo todo. La otra es una construcción de la memoria, tejida con los mimbres de la ficción. Ambas conviven en el mismo espacio, pero no terminan de tocarse. Allí donde el recuerdo cinematográfico se proyecta sobre el presente, se abre una grieta: la sensación de que algo persiste, aunque ya no esté. Basta recorrer sus calles o mirar el horizonte, para que la película regrese. No como una imagen exacta, sino como una forma de percepción que transforma lo visible. Como si Amity siguiera ahí, solapada sobre Martha’s Vineyard.
Este no es un ejercicio de reconstrucción, sino el gesto inverso: no buscar dónde ocurrió la película, sino dónde sigue ocurriendo. No en el plano original, ni en el guion, ni siquiera en la isla real, sino en esa imagen persistente que quedó adherida a nuestra memoria. Hay lugares que recordamos sin haber pisado nunca. Historias que creemos propias, como una banda sonora capaz de ponernos en alerta, aunque estemos lejos del agua. La ficción, cuando se instala con esa fuerza, no se limita a contarnos algo: nos cambia el modo de mirar, de imaginar, de recordar. Por eso volver a esta isla es la mejor forma que tenemos de recorrer el camino hacia el origen de nuestros recuerdos.
Isabel Hernández